Legado afro, viñas y memoria histórica de Pica y Matilla
En medio del desierto hubo un tiempo en que Pica y Matilla también se reconocían por sus viñas. El oasis hizo posible cultivar parras, cosechar uvas y desarrollar una producción que dejó lagares, tinajas y memorias todavía visibles en el territorio.
Un lagar es el espacio donde la uva se pisa o prensa para extraer el mosto y continuar el proceso de elaboración del vino. El Lagar de Matilla conserva esa dimensión material: muros de adobe, una gran prensa y elementos asociados a una actividad que necesitó agua, cultivo, transporte y muchas jornadas de trabajo.
La historia, sin embargo, no cabe completa dentro de una prensa. Pica y Matilla formaron parte de una sociedad colonial donde convivieron y se relacionaron pueblos indígenas, europeos, africanos y sus descendientes bajo condiciones profundamente desiguales.
Los registros históricos documentan presencia afrodescendiente en Tarapacá desde tiempos coloniales. Entre esa población hubo personas sometidas a esclavitud, además de hombres y mujeres libres y familias cuyas trayectorias continuaron mucho después de la colonia. Incorporar esa dimensión permite mirar el oasis con mayor profundidad.
La esclavitud no puede presentarse como una curiosidad pintoresca asociada al vino. Fue coerción, desigualdad y trabajo sin libertad. Contarla con claridad no disminuye el valor patrimonial de Matilla; evita que el relato celebre una producción ocultando a parte de las personas que hicieron posible la economía de la época.
La vid adquirió importancia en el oasis y la vendimia exigía muchas tareas: cuidar parras, cosechar, trasladar canastos, prensar, manejar recipientes y administrar el agua. Cada pieza del lagar ayuda a explicar una tecnología; las personas que trabajaron alrededor de ella permiten comprender la sociedad que la utilizó.
La memoria afrodescendiente de Pica y Matilla tampoco termina en el período colonial. La Pascua de los Negros, también conocida como Pascua de Reyes, conserva cantos, adoraciones, zapateos y otras prácticas de religiosidad popular transmitidas localmente. Investigaciones recientes han reconocido en parte de esos repertorios evocaciones relacionadas con la presencia afrodescendiente y afrocolonial de Tarapacá.
Ese vínculo requiere matices. La celebración actual no es una reconstrucción congelada de la esclavitud ni puede reducirse a una sola identidad. Es una tradición viva donde se superponen devoción, música, memoria local y capas históricas que continúan siendo estudiadas.
Recorrer el Lagar de Matilla cambia cuando, además de mirar la prensa, se piensa en las personas. Quién cultivó, quién cargó, quién prensó, quién administró el agua, quién recibió los beneficios y quién trabajó sin libertad.
Una prensa puede conservar la forma de una tecnología. Una canción puede conservar otra cosa: la posibilidad de que nombres, memorias y presencias sigan viajando cuando las viñas ya cambiaron.Las viñas guardaron voces. Escucharlas permite comprender que la historia del oasis fue productiva, diversa y también desigual.