Donde el agua hace florecer el desierto

Narrado por Freddy Alberto Charcas Núñez, Ruth Moscoso Mamani

Explorar el relato

Agua y vida en el oasis de Pica y Matilla

Quien atraviesa la pampa rumbo a Pica comienza a notar el cambio antes de llegar.

Durante kilómetros predominan los tonos minerales del desierto. Después aparecen los primeros árboles. La sombra se vuelve más frecuente, el aire cambia y, entre caminos y viviendas, comienzan a asomarse huertos y chacras.

Pica y Matilla parecen surgir de pronto en medio de la aridez.

Pero el verde tiene una historia. Y esa historia comienza con el agua.

En un territorio donde la lluvia no puede sostener por sí sola la agricultura, disponer de agua significó aprender a encontrarla, conducirla, guardarla y utilizarla con cuidado. De esa relación nacieron cultivos, árboles frutales y espacios agrícolas capaces de mantenerse en medio del desierto.

Las cochas forman parte de esa historia.

En Pica, el nombre se utiliza para espacios donde el agua de vertiente se acumula y puede participar del sistema de uso agrícola. Con el tiempo, algunas también adquirieron una dimensión recreativa y de encuentro. Bajo la superficie visible permanece, sin embargo, una función mucho más antigua: disponer de agua allí donde cada cultivo depende de ella.

Desde esas aguas se fue construyendo un paisaje agrícola.

Hubo que preparar la tierra, cuidar los árboles, mantener los espacios de conducción, reconocer los tiempos del riego y aprender qué podía prosperar bajo las condiciones particulares del oasis. El conocimiento no estaba únicamente en hacer llegar el agua a una planta, sino también en saber cuándo hacerlo y cuánto podía necesitar.

Esa experiencia acumulada permitió que en Pica y Matilla crecieran cítricos, guayabas, mangos, uvas y otros frutos que terminaron formando parte de la identidad productiva del territorio. La memoria local recuerda además una agricultura anterior y cambiante, con maíz, papas, zapallos y, en distintos momentos históricos, una importante presencia de la vid.

El agua sostiene también una memoria menos visible.

Las familias recuerdan períodos en que su disponibilidad cambió y con ello cambiaron cultivos, chacras y formas de vida. Entre esas memorias aparece el Valle de Quisma, cuyo recurso hídrico fue desviado hacia Iquique durante el siglo XX, episodio asociado localmente a transformaciones importantes en el oasis y en su antigua producción agrícola.

Aquello permite entender algo esencial: un oasis no permanece verde por casualidad.

Detrás de cada árbol existe agua. Pero también trabajo.

Hay personas que plantaron, podaron, limpiaron, esperaron una cosecha y aprendieron a reconocer señales que difícilmente aparecen escritas en un manual.

Esa relación continúa cuando los frutos llegan a la cocina.

El territorio cambia con las estaciones. Puede ser tiempo de mango y después de guayaba. Otros productos llegan desde distintas zonas agrícolas de Tarapacá y completan una mesa donde el calendario también se puede reconocer a través de los sabores.

Entonces una fruta cuenta mucho más que su propio sabor.

Habla del árbol que la produjo. Del agua que permitió mantenerlo. De las manos que lo cuidaron. Y del momento del año en que estuvo lista para ser cosechada.

Para quien visita Pica y Matilla, comprender esa cadena permite mirar el oasis de otra manera. La experiencia puede comenzar frente a una cocha, continuar entre árboles y cultivos, reconocer productos de temporada y terminar alrededor de una mesa.

El atractivo deja de concentrarse únicamente en fotografiar un paisaje verde. La verdadera historia está en descubrir cómo fue posible hacerlo existir allí.

En medio de uno de los paisajes más secos de Tarapacá, generaciones enteras aprendieron que el agua requería atención, conocimiento y trabajo para convertirse en agricultura.

Después llegaron los árboles. La sombra. Las frutas. Las cocinas. Y las historias que todavía acompañan al oasis.Porque antes de que Pica pudiera ofrecer un fruto, alguien tuvo que aprender a cuidar el agua que lo haría crecer.