Mara T’aqa y Willka Kuti: el comienzo de un nuevo ciclo y el regreso del sol
Hay amaneceres que se recuerdan de una manera distinta.
Antes de que aparezca la primera luz, los cerros apenas se distinguen. El frío permanece, el cielo comienza lentamente a cambiar y el territorio parece esperar.
Después llega el sol.
Primero ilumina las alturas. Más tarde alcanza las laderas y finalmente toca a quienes han permanecido despiertos para recibirlo.
En los territorios andinos de Tarapacá, ese momento puede contener significados que una traducción rápida difícilmente alcanza a explicar.
Con frecuencia se utiliza la expresión “Año Nuevo Aymara” para referirse al comienzo de este nuevo ciclo. Sin embargo, Javier Vilca entrega una precisión que permite acercarse de mejor manera a su significado: Mara T’aqa y Willka Kuti, expresiones vinculadas al inicio de un nuevo ciclo y al regreso o vuelta del sol.
La diferencia no es menor.
Porque aquello que vuelve no es solamente una fecha.
Vuelve la luz.
Vuelve el sol sobre los cerros.
Y con él comienza nuevamente una relación entre las personas, el territorio y todas aquellas formas de vida que lo habitan.
En el testimonio de Javier aparece una idea fundamental para comprender esta manera de mirar el mundo: todo tiene vida.
La tierra tiene vida. Los cerros tienen vida. Los animales tienen vida. Incluso aquellos seres diminutos que podrían pasar inadvertidos cumplen una función y forman parte de un equilibrio mayor.
Desde esa comprensión, el ser humano no aparece como dueño de aquello que lo rodea.
La relación se plantea de otra manera.
La tierra no pertenece a las personas.
Son las personas quienes pertenecen a ella.
Mientras una vida humana transcurre durante un tiempo determinado, la tierra permanece. Alimenta, sostiene, entrega aquello que permite cultivar, construir, trabajar y continuar viviendo.
Por eso aparece la Pachamama.
No solamente como una palabra asociada a la tierra, sino como una forma de reconocer aquello que cría, alimenta y finalmente vuelve a recibir a las personas cuando termina su recorrido.
Y junto a ella aparece el Tata Inti.
El Padre Sol.
La presencia que puede observarse cada mañana sobre el horizonte y cuya salida orienta también momentos importantes de la vida comunitaria.
Javier explica que, en las expresiones ceremoniales que conoce, la orientación hacia el naciente tiene un sentido especial.
Se mira hacia donde aparece el sol.
Hacia donde vuelve Tata Inti.
Entonces el amanecer deja de ser solamente un fenómeno del paisaje.
Se convierte también en una forma de recordar de dónde proviene la vida y cuál es la responsabilidad de quienes participan de ella.
Porque si la naturaleza entrega, también existe una responsabilidad de corresponder.
Allí aparece uno de los principios que atraviesa este modo de comprender las relaciones: la reciprocidad.
Recibir nunca significa simplemente tomar.
Aquello que entrega la tierra requiere cuidado.
Aquello que permite la vida merece agradecimiento.
Aquello que sostiene a una comunidad también necesita ser sostenido.
Reciprocidad, respeto y equilibrio se encuentran así estrechamente relacionados.
No producir daño.
Compartir.
Reconocer que cada ser cumple una función.
Comprender que la vida depende de relaciones que deben cuidarse.
Desde esta perspectiva, recibir un nuevo ciclo puede convertirse también en una oportunidad para observar cómo se está viviendo.
No solamente frente al territorio.
También frente a otras personas.
En el relato de Javier aparece una enseñanza sencilla sobre los conflictos. Cuando surge un problema entre dos personas, dejarlo pendiente puede hacer que crezca. Una dificultad pequeña puede transformarse con el tiempo en algo mucho mayor.
Por eso existe valor en hablar, reconocer responsabilidades, perdonarse y cerrar aquello que produjo la ruptura.
La reconciliación no necesita esperar a que llegue una fecha determinada.
Pero comenzar un nuevo ciclo recuerda la importancia de no seguir cargando aquello que puede resolverse.
De recuperar el equilibrio.
De recomponer vínculos.
De disponerse nuevamente frente a los demás.
Entonces la renovación que acompaña al regreso del sol puede entenderse de una manera más amplia.
Está en el cielo que comienza a iluminarse.
Está en los cerros que recuperan lentamente sus formas.
Está en la tierra que vuelve a hacerse visible.
Pero también puede estar en la manera en que una persona decide continuar su relación con aquello que la rodea.
El paisaje participa de toda esa experiencia.
Los cerros no son simplemente un decorado para contemplar el amanecer.
En la explicación de Javier, ciertos cerros que identifican y acompañan a una comunidad pueden ser reconocidos como mallku: cerros tutelares asociados a autoridad, protección y provisión. No son solamente elementos del paisaje. Forman parte de una relación de respeto con el territorio y con aquello que sostiene la vida.
La temperatura, la oscuridad previa, la orientación, el silencio y el avance de la luz tampoco son elementos aislados.
Todo ocurre dentro del mismo territorio.
Y el tiempo puede leerse allí.
Esperar importa.
Observar importa.
La manera de participar también importa.
Quien llega desde fuera probablemente verá primero una escena extraordinaria: la noche sobre el altiplano, los contornos de las montañas, el cielo que comienza a cambiar y los primeros rayos del sol descendiendo sobre los cerros.
Una cámara puede registrar perfectamente ese instante.
Comprenderlo requiere algo diferente.
Requiere reconocer que esa luz puede formar parte de una memoria cultural y de una manera particular de comprender las relaciones entre la tierra, el sol, las personas y las demás formas de vida.
También exige aceptar que no todo conocimiento necesita transformarse en una explicación para quien visita.
Hay saberes que pueden compartirse.
Otros pertenecen a espacios familiares o comunitarios.
Y son quienes conservan esos conocimientos quienes pueden establecer hasta dónde desean transmitirlos.
Por eso acercarse a este amanecer no exige reproducir una ceremonia ni convertir una práctica cultural en espectáculo.
Puede comenzar con algo mucho más sencillo:
observar.
Esperar.
Escuchar.
Reconocer que se está entrando en un territorio que posee memoria.
Y comprender que la relación con él también supone responsabilidades.
La primera claridad comienza entonces a dibujar nuevamente las montañas.
El sol aparece sobre el naciente.
Tata Inti vuelve.
La Pachamama recibe otra vez su luz.
Los caminos, las piedras, los animales y las personas vuelven a hacerse visibles bajo el mismo cielo.
Y por un instante resulta posible comprender que aquello que está comenzando no pertenece solamente al calendario.
Mara T’aqa y Willka Kuti hablan del comienzo de un nuevo ciclo y del regreso del sol.
Pero ese regreso también puede recordar algo más profundo.
Que la vida se sostiene mediante relaciones.
Que recibir implica corresponder.
Que aquello que tiene vida merece respeto.
Que los conflictos no necesitan crecer hasta convertirse en heridas mayores.
Y que el equilibrio debe construirse una y otra vez.
Poco a poco, la noche retrocede.
La luz baja por los cerros y vuelve a dibujar el paisaje.
El sol regresa, como ha regresado tantas veces.
Pero cada nuevo ciclo ofrece nuevamente la posibilidad de mirar aquello que quedó atrás, cuidar aquello que permanece y disponerse frente a lo que comienza.
Porque el sol puede volver cada año.Lo distinto está en la manera de recibirlo el 21 de junio de cada año.