Sopa de quínoa

La sopa de quínoa forma parte de un conjunto de preparaciones andinas con distintas densidades y
nombres. FIA la documenta para Tarapacá y la vincula a localidades como Colchane, Isluga y
Cariquima.
En la versión regional se combina quínoa con carne, verduras y papa o chuño. Es una preparación que
permite entender cómo los alimentos de altura se articulan en una comida completa y caliente.

Sopa de quínoa

1. Lavar o preparar la quínoa según la técnica local.

2. Formar un caldo con la carne y las verduras.

3. Incorporar papas o chuño.

4. Agregar la quínoa.

5. Cocer hasta que el cereal esté blando y el caldo tome cuerpo.

6. Ajustar sazón y servir caliente.

La bandola que aprendió de su padre

Antes de que una bandola pueda sonar, alguien tiene que construirla. Elegir la madera, medir, cortar, curvar, unir las piezas, preparar el mástil, instalar las cuerdas, afinar, escuchar y volver a ajustar hasta que un conjunto de madera y metal encuentre una voz propia.

Rubén Moscoso Mamani aprendió ese proceso mirando a su padre, Nemesio Moscoso Mamani, músico, constructor y maestro luriri. En 2014, Nemesio fue reconocido como Tesoro Humano Vivo de Chile por su aporte a la continuidad de la fabricación de bandolas y del patrimonio musical aymara de Tarapacá.

Ser luriri no consiste únicamente en fabricar un instrumento. El oficio exige conocer la madera, las proporciones, el sonido, la afinación, la reparación y los momentos en que ese instrumento cobra sentido dentro de la vida de la comunidad. Rubén creció viendo ese conocimiento hacerse con las manos.

La historia familiar de la bandola venía de antes. Cuando Nemesio era joven necesitó una para el carnaval y buscó a quienes todavía sabían construirla. Preguntó, observó y aprendió. Con los años perfeccionó el oficio hasta transformarse en uno de los pocos constructores que mantenían vivo aquel modelo en el altiplano tarapaqueño. Después, Rubén volvió a repetir el gesto de aprender mirando.

La historia de la bandola tarapaqueña se cruza con la bandurria, un instrumento de cuerda de origen europeo que fue adoptado y adaptado en distintos territorios andinos. Rubén recuerda que las primeras que llegaron al sector tenían una forma más cercana a aquella bandurria, con un cuerpo más redondeado. Con el tiempo, los constructores locales fueron dando al instrumento una silueta propia, junto con afinaciones y músicas ligadas al territorio. En la memoria transmitida por su padre, los pequeños salientes que hoy distinguen el cuerpo de la bandola, los llamados “cachitos”, evocan la figura del llamo. Así, una estructura llegada desde fuera fue adquiriendo en Tarapacá una forma y una voz profundamente vinculadas a la vida altiplánica.

La llama aparece también dentro del repertorio. El floreo de ganado posee melodías que acompañan distintos momentos, animales y secuencias; hay cantos asociados al delantero de la tropa, a determinados colores y a los machos. La música se construyó en contacto con esa vida diaria: animales, pastoreo, agricultura, clima y celebraciones fueron dando materia a las melodías.

La bandola tarapaqueña puede presentar doce o dieciséis cuerdas metálicas, organizadas en cuatro órdenes. Tampoco se afina siempre de la misma manera. Existen afinaciones conocidas como macho y hembra, cada una ligada a repertorios y momentos diferentes. La afinación hembra acompaña el floreo y actividades relacionadas con la quínoa; la macho, el carnaval.

La diferencia se escucha. Algunas melodías pertenecen a una afinación y otras a la otra. La música acompaña el calendario, los animales, las cosechas, los matrimonios, las casas y otras ocasiones de la vida comunitaria. Cada momento tiene códigos que se aprenden viviendo, escuchando y participando.

Rubén recuerda también los sikuris y los lichiwayos. En los sikuris, cada comunidad puede conservar variaciones capaces de ser reconocidas por quienes conocen sus melodías. Los lichiwayos, instrumentos de viento de sonoridad más pausada, abren otra forma de relación con el paisaje. Al bajar desde el altiplano hacia otros pisos aparecen expresiones diferentes: bandas de bronce, laquitas y repertorios que muestran que Tarapacá no posee una sola música.

Ese conocimiento, sin embargo, puede perderse. Un instrumento puede permanecer años detrás de una vitrina y seguir intacto. La tradición necesita algo más: alguien que sepa construirlo, afinarlo, tocarlo y explicar cuándo corresponde hacerlo sonar.

Rubén decidió responder enseñando. Ha participado en talleres, ha continuado construyendo y ha buscado formas de acercar la bandola a nuevas generaciones. En ese camino nació una de sus creaciones más significativas: la Jiska Bandola.

La idea comenzó con una dificultad muy concreta. Una bandola de adulto podía resultar demasiado grande para las manos de un niño de seis, siete u ocho años que recién quisiera acercarse al instrumento. Rubén redujo su tamaño y diseñó una versión que pudiera sostenerse con mayor facilidad sin perder los rasgos que le daban identidad.

La Jiska Bandola quedó con ocho cuerdas. En su construcción incorporó hueso de llamo en piezas e incrustaciones y llevó al instrumento motivos inspirados en los textiles andinos. La roseta alrededor de la boca recoge esa búsqueda gráfica. Incluso el pequeño pájaro que aparece en algunos diseños conserva una relación con el mundo agrícola y la quínoa que forma parte de las memorias transmitidas en su familia.

El nombre también habla de su propósito. Jiska significa pequeño: una bandola pensada para que unas manos pequeñas puedan comenzar a conocer aquello que antes aprendieron las manos de Rubén y, antes que él, las de su padre.

Ahí la transmisión deja de verse como una idea abstracta. Puede imaginarse con claridad: Nemesio trabajando una pieza de madera mientras su hijo observa; años después, Rubén repitiendo el oficio y diseñando un instrumento que permita a otro niño acercarse al mismo sonido.

Para quien visita Tarapacá, conocer esta historia ofrece una experiencia distinta a una presentación musical aislada. Entrar a un taller, observar cómo nace una bandola, reconocer la forma de su cuerpo, escuchar la diferencia entre afinaciones y comprender por qué determinadas melodías pertenecen a momentos específicos permite descubrir un patrimonio que todavía está vivo.

Esa experiencia requiere cuidado. No todos los repertorios tienen el mismo nivel de difusión y las ceremonias no necesitan representarse artificialmente para tener valor. El encuentro puede construirse desde el oficio, la escucha, la explicación y el respeto por aquello que los propios portadores deciden compartir.

Rubén resume esa relación en una frase sencilla: “La música nos mantiene vivos”.

La historia de esta bandola permite mirar la frase desde otro lado. Mientras alguien siga aprendiendo a construirla, afinarla y tocarla, la música también seguirá teniendo quién la mantenga viva.