Al oriente del oasis de Pica, el camino hacia el Salar del Huasco comienza a ganar altura. El verde queda atrás poco a poco y el paisaje cambia: aparecen quebradas, laderas, caminos antiguos y una amplitud que anuncia la llegada hacia territorios más altos.
En ese tránsito se encuentra Chaskiwasi–Tambillos, en la precordillera de Pica. Fue allí, camino al Salar del Huasco, donde una historia que Freddy Alberto Charcas Núñez había escuchado desde niño adquirió para él un sentido completamente nuevo.
Era la historia del guanaco blanco.
Freddy no lo había visto. Su padre tampoco. La historia venía de más atrás, de su abuela. En la memoria familiar se hablaba de un guanaco completamente blanco cuya aparición se asociaba a la buena fortuna. Para un niño, aquello bastaba. Freddy lo imaginó, lo dibujó y conservó la historia mientras crecía, como ocurre con ciertos relatos familiares que pasan de una generación a otra antes de que alguien pueda comprobarlos.
Con los años comenzó a recorrer el territorio como guía. En sus salidas no se limitaba a mostrar cerros, caminos o fauna: contaba también las historias que había recibido. Entre ellas estaba, inevitablemente, la del guanaco blanco. Sus amigos conocían el relato y solían bromear con él. Freddy se reía, pero continuaba contándolo.
Hasta que llegó uno de aquellos recorridos que permanecen en la memoria.
Freddy viajaba rumbo al Salar del Huasco acompañado por 14 visitantes. Al atravesar la precordillera y llegar al sector de Chaskiwasi–Tambillos, el grupo se detuvo. Mientras observaban el paisaje, Freddy volvió a hablar sobre la fauna del lugar y terminó contando otra vez aquella antigua historia familiar.
La del guanaco blanco.
Entonces uno de los viajeros miró hacia la distancia.
—Oye… mira.
Había aparecido un guanaco. Las cámaras comenzaron a levantarse. El encuentro ya era especial, pero poco después apareció otro animal. Freddy volvió a mirar y, por unos instantes, aquella historia que durante tantos años había pertenecido a las palabras de su familia parecía estar ocurriendo frente a él.
Allí estaba.
Un guanaco blanco.
Frente a Freddy, sus compañeros y las personas que acababan de escuchar la historia. Según su testimonio, el encuentro quedó registrado en fotografías. Junto al animal se encontraban otros guanacos, transformando aquella detención en un momento que Freddy todavía recuerda como excepcional.
Para él, la importancia del encuentro no estuvo solamente en observar un animal poco común. Estaba su familia: su padre, que había conocido aquella historia, y su abuela, desde cuya memoria el guanaco blanco había llegado hasta él.
La fotografía permitió registrar el momento, pero también terminó uniendo distintos tiempos de una misma historia: aquello que Freddy recibió cuando era niño, lo que continuó relatando durante sus recorridos y el instante en que finalmente pudo decir que él también había visto al animal del que había escuchado hablar durante tantos años.
En la memoria familiar de Freddy, encontrarse con el guanaco blanco se relacionaba con la buena fortuna. Ese significado corresponde a la historia transmitida dentro de su familia y no pretende establecer una creencia general de las comunidades aymaras ni explicar científicamente la coloración del ejemplar.
Tampoco el título “El último guanaco blanco” significa que se tratara del último ejemplar biológico existente. Es el nombre con que Freddy identifica y transmite su historia.
Con el tiempo, el relato encontró incluso una nueva forma de continuar circulando. Freddy lo llevó a una canción creada con apoyo de inteligencia artificial, una pieza contemporánea que vuelve sobre el camino, la memoria familiar y aquel guanaco blanco. La canción no reemplaza su testimonio oral: muestra que el relato sigue encontrando nuevas formas de ser contado.
Desde aquel día, Freddy ya no necesita comenzar esta historia diciendo únicamente que alguien se la contó. Puede decir algo más sencillo:
Él también lo vio.
Y en algún punto de Chaskiwasi–Tambillos, en la precordillera de Pica y camino al Salar del Huasco, quedó el lugar donde una historia familiar dejó por un momento de vivir solamente en las palabras.